En un espacio completamente blanco, delimitado por cortinas etéreas se desplegó una boda que rompió con todos los moldes tradicionales. El eje rector del montaje fue la forma circular —símbolo de lo eterno, de lo inclusivo, del centro compartido— donde cada invitado tenía la misma distancia hacia lo esencial: el amor.
El rojo fue mucho más que un color; fue un manifiesto visual que apareció en cada detalle: flores escultóricas, pimientos, cerezas, tomates cherry y hasta el piso fue intervenido.
Todo se convirtió en un homenaje a los placeres sensoriales y a la celebración reinterpretada desde la simplicidad.
Sobre manteles blancos se dispusieron platos transparentes con textura de cristal, dibujos ilustrativos en las bases, frases personales y objetos cotidianos elevados a arte. Un gran dosel rojo colgante, en forma de corona textil, presidía el centro de la escena con dramatismo teatral, envolviendo a los presentes en un gesto de intimidad colectiva.
Esta boda no fue solo un evento; fue una instalación performática donde lo cotidiano se volvió ceremonial y lo amoroso se volvió una declaración de intenciones: el diseño, la pasión y la belleza, lo sensual y lo eterno dialogando sin jerarquías.





























